Publicado 30/05/2026
El autor era un adulto cuando se publica este artículo. Tenía 48 años.
Ya de bien pequeñita empece a recibir una educación diferente. Aislada de otros niños, y de mis propios padres, crecí en un entorno frio sentimentalmente hablando. Las sensaciones de amor, de cariño, de cobijo, eran las justas, casi inexistentes. Me gustaba jugar y dejar que mi imaginación corriera por campos y montañas. Me gustaba soñar despierta, venía implícito en mi naturaleza. Pero mis educadores no lo toleraban.
Los horarios de juego estaban limitados a treinta minutos al día. Y podría decir que tampoco eran juegos. Eran una serie de dibujos que tenía que copiar para que no se me olvidaran nunca. Animales, personas, lugares, minerales, plantas… todo lo dibujaba en esos minutos libres.
Fui creciendo y los estudios se intensificaron. Cada año que pasaba me exigían aprender más y más. A los ocho años, dominaba cuatro idiomas, castellano, inglés , alemán y francés. El objetivo, aprender diez idiomas.
Las matemáticas, la física, la astrofísica, la química, la filosofía, la ingeniería mecánica y la electrónica, se convirtieron en una rutina. Aprender se convirtió más en una necesidad que en una obligación.
Al llegar a los quince años, mis conocimientos se podían equiparar a las personas más sabias del planeta.
Lo único que me evadía de mi cruda realidad eran mis sueños, soñaba casi todas las noches, era dueña de mis sueños. Los sueños son fantásticos, geniales, nos permiten sentir sensaciones que nunca sentiríamos, imaginar lugares donde nunca hemos estado ni estaremos, porque no existen. Nos hacen ver cosas imposibles, y nos llevan a realizar acciones que en la realidad, en esas horas de vigilia en la que nos encontramos durante las horas de sol, nunca haríamos. Pero ahí quedan, solo son sueños, algunos dicen que son alucinaciones de nuestro subconsciente, otros dicen que son recursos de nuestra mente para avisarnos de algunas cosas importantes, o sentimientos escondidos que solo se materializan oníricamente.
Pero mi realidad era la que era, no había más. Y no me la cuestionaba.
Pero, la pregunta llego con diecinueve años. ¿Para qué todo esto?
La educación que llevaba arrastrando durante toda mi juventud, estaba apunto de dar su fruto, o al menos, el principio para el que me estaban preparando.
El único recuerdo que tenía de mi infancia más precoz, era una fotografía que guardaba en un cómic, mi madre y mi padre conmigo en brazos delante de la casa donde en teoría nací y viví los dos primeros años de mi vida. Hoy por hoy, casi que pongo en duda esa fotografía. No se si es real o simplemente una foto inventada por mis educadores para darme una pequeñísima esperanza de que soy más normal de lo que parezco.
Lo que aconteció aquella mañana fresca, en aquel lugar inhóspito, donde prácticamente nadie sabía de su existencia, y donde las personas que vivían eran totalmente desconocidas para el resto del mundo, no se me olvidara nunca. Ni en sueños lo hubiese podido imaginar.