Día Libre

Publicado 30/05/2026

Por ToniSB
Miembro desde March 2026

El autor era un  adulto  cuando se publica este artículo. Tenía 48 años.

3 artículos publicados

La rutina de todos los días empezó sin nada diferente. El aseo personal matutino, la elección del color de la ropa según el día de la semana, los ejercicios de estiramientos y esperar a que esa luz que cambiaba de un rojo apagado a un rojo más intenso e intermitente indicara que la puerta se abriría en unos instantes, no cambiaba.

 

Pero justo en el momento en que la puerta debería abrirse, al lado de la luz roja intermitente apareció un mensaje, en una especie de pantalla pequeña cuya existencia no conocía hasta la fecha. El mensaje era claro: “DÍA LIBRE”.

 

<¿Día libre? ¿Qué quiere decir día libre?>. No entendía el porqué de ese mensaje. Nunca había aparecido, ni nunca me mencionaron nada que pudiera hacerme intuir que eso podía ocurrir. En mi cabeza se desencadenaron centenares de pensamientos y escenarios contradictorios. ¿No tenía que estudiar, ni leer, ni aprender nada nuevo? ¿Era un descanso merecido? Me invadió la incertidumbre, sensación que nunca imaginé experimentar ¿qué he hecho mal? ¿No querrán que continúe la formación? ¿Por qué día libre? ¿Ya no queda nada por estudiar?

 

Al margen de todas esas divagaciones, la puerta se abrió. Primero se separaba un poco y luego se desplazaba suavemente. Para mi sorpresa el pasillo no era el mismo. La distribución cambiada me desorientó. Siempre salía hacia la derecha, pero ahora me lo impedía una pared, una que nunca estuvo ahí. Acostumbrada a no cuestionar nada, giré a mi izquierda para continuar por un corredor que no conocía y que no sabía, ni imaginaba, dónde me llevaría.

 

Siempre salía al paso algún formador de camino a las salas de estudio, pero nadie apareció. Caminaba totalmente sola. Al llegar al final del corredor me encontré sin salida. ¿Otra pared como la que me impidió girar a la derecha cuando salí de la habitación?. Por instinto toqué la superficie blanca y lisa que tenía justo delante. Y mi sorpresa fue mayúscula. La pared reaccionó a mi tacto. Una luz azul muy suave delimitó el contorno de mi mano. La aparté rápidamente, echándome un paso atrás, asustada.

 

Igual que se abría la puerta de mi habitación, la pared se deslizó unos milímetros hacia atrás para moverse suavemente hacia la derecha. No era una pared, era una salida.

 

Mis ojos tardaron unos instantes en acostumbrarse al nuevo ambiente. Una sensación de calor acarició la piel de mi cara y de mis manos, con las que tapaba mis ojos. Dudé en salir de ese pasillo que quedaba detrás de mí, porque el suelo que continuaba no era igual y no supe si salir o quedarme quieta.

 

Un manto verde y uniforme cubría toda la superficie de ese nuevo lugar. Me arrodillé a tocarlo antes de continuar caminando: 

 

<Es césped. Césped natural. ¿Pero…?>

 

Al levantar la vista, y ya sin problemas con la luz, pude ver un jardín al aire libre. No lo podía creer. Estaba en el exterior.

 

Pude ver una mesa grande, con sillas para al menos seis personas. Dos árboles enormes daban sombra a más de la mitad del patio.

 

Dejé atrás el miedo y me decidí a poner un pie en ese césped que me invitaba a caminar sobre él. Con pasos cortos y sin perder detalle, me acerqué hasta el centro de ese espacio abierto que me maravillaba por momentos. Nunca antes pude ver el cielo azul. Todo lo que aprendí en libros e historias que mis formadores me contaban empezaba a materializarse. Tal era mi asombro que no oí venir a una mujer que salía por la misma puerta que yo.

 

Era la primera mujer que me hablaba sin llevar la típica ropa de bata blanca. No llevaba ningún cuaderno de notas, ni bolígrafos en los bolsillos. Distaba totalmente de la apariencia de una formadora. Su pelo suelto, moreno, su sonrisa, su actitud serena y tranquila, con voz suave y gestos armoniosos, se acercaba a mí para saludarme.

 

La mujer se detuvo a una distancia prudente, como quien sabe que un movimiento brusco podría espantar a un animalito que acaba de ver la luz por primera vez.

 

—Buenos días Carla, ¿cómo estás?

 

Me quedé quieta. Su voz era tan distinta a lo que conocía que casi parecía un sonido inventado. No tenía el tono instructivo ni la cadencia exacta de los formadores. Era humana, demasiado humana.

 

—No… no lo sé —respondí sin moverme.

 

Ella inclinó la cabeza. Ese gesto, tan simple, me resultó más perturbador que cualquier examen semanal. Allí, bajo la sombra tibia de los árboles, alguien parecía estar interesado en mí de una forma que no entendía.

 

—Tenías que salir hoy —dijo, como si aquello explicara todo—. Es tu día libre.

 

La palabra volvió a caer como una gota de agua en una superficie helada: libre. No era un término que hubiera usado nunca para describirme.

 

—¿Salir… a dónde? —pregunté.

 

La mujer no respondió de inmediato. Alzó la vista hacia el cielo, como si me estuviera mostrando algo que yo ya veía, pero ella quería que lo viera mejor. El azul profundo, sin grietas, sin luces artificiales ni techos de cristal coloreado. Un cielo… real.

 

—Fuera —dijo al fin—. A lo que hay más allá de estos muros.

 

Me di la vuelta. La puerta por la que había salido seguía ahí, abierta, silenciosa, casi expectante. El pasillo oscuro detrás parecía demasiado pequeño comparado con el aire que ahora respiraba, ese aire que tenía un olor desconocido, casi dulce.

 

—Carla… —la mujer dio un paso suave hacia mí—. Llevas toda la vida preparándote. Pero nadie te dijo que también había que aprender a vivir.

 

No entendía su frase. O quizá la entendía demasiado.

 

La mujer extendió su mano. No como una orden. Más bien como una invitación que podía aceptar o rechazar.

 

—¿Paseas conmigo?. Hoy no hay lecciones. Hoy no hay horarios. Solo vamos a hablar.

 

Un pájaro —uno de verdad, de los que solo había visto en ilustraciones— pasó volando por encima de nosotras dejando un trazo sonoro que me atravesó el pecho. Me sobresalté.

 

Ella sonrió, divertida.

 

—Tendrás que acostumbrarte a eso. Aquí las cosas viven sin pedir permiso.

 

Sentí que mis pies se hundían un poco en el césped. Era irregular, tibio, imperfecto. Me acerqué, casi sin decidirlo, media zancada hacia su mano extendida.

 

Ella esperó. Tenía paciencia en la mirada, una paciencia que no conocía.

 

Al fin, toqué su mano.


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