Colores vivos 1

Publicado 07/09/2026

Por Gamusino
Miembro desde August 2026

El autor era un  adulto  cuando se publica este artículo.

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Nací en un pequeño pueblo costero del sur de Francia, muy cerca de la frontera con España. Fui el primogénito y desgraciadamente mi madre murió en el parto. No llegué a conocerla, y a mi padre tampoco. Su muerte le traumatizó y tuvo la cobardía de no cuidar de mí.

A los pocos días del fallecimiento la familia de su hermano me acogió en su seno y me educó como un miembro más.
 
La vieja casa que me legó perteneció a mi bisabuelo, según rezaron en la lectura del testamento.
 
Mi padre la entregó a su único hijo junto con todo su contenido, mientras que el dinero acumulado con el trabajo desarrollado como agente de aduanas pasó a aumentar la cuenta corriente de mis tios. Lo hizo bien. Ellos se lo merecían.
 
El amable notario me acompañó hasta las afueras del pueblo para hacerme partícipe de las pertenencias y tuve que excusar a mis padres adoptivos que no pudieron acompañarme, pues debían atender la panadería.
 
Caminaba junto a aquel bajito y otoñal hombrecillo trajeado, en dirección al desconocido hogar donde nací.
 
– ¿A qué se dedica señor Sarré? – habló el señor Cavalier, notario de Cervère.
 
– A la pintura – comenté.
 
– Interesante. Un bohemio- objetó con su firme andar- Es curioso, su padre era bastante aficionado a ese arte y coleccionaba cuadros.
 
– ¿Sí? – arqueé la ceja.
 
– Cierto. Aunque todos conocíamos que su profesión le permitía introducirse en el mercado negro de obras de arte.
 
Aquello si que me sorprendió y se me escapó una discreta sonrisa.
 
– ¿Es aquí?-pregunté observando la vieja puerta de madera a la que le faltaba una buena mano de barniz.
 
Sacó un pañuelo y secó el sudor que fluía por su frente y su cráneo despoblado.
 
– Así es-confirmó acalorado por la empinada calle.
 
Me alejé unos pasos para lograr una visión mas completa del estado exterior.
Sus blanquecinos e impasibles muros esperaban un regenerativo manto de pintura que alegrara su aspecto.
 
– Ciento cuarenta metros habitables repartidos en dos plantas-me recordó Cavalier.
 
Los vidrios de las ventanas permanecían ocultos tras unos descuidados porticones y la suciedad de las tejas había dibujado negros jirones en la superficie de la fachada.
 
– Su estado de conservación exterior no es muy bueno pero engaña.
 
Tras oir su comentario me entró curiosidad por averiguar que se ocultaba tras aquella puerta centenaria. Introduje la antigua llave, giré y empujé con fuerza.
Arranqué un gemido a las bisagras, que en absoluto me estremeció, al tiempo que la aldaba con forma de puño repicó varias veces. La oscuridad era casi absoluta.
 
– Accione el interruptor general que está tras la puerta-advirtió mi acompañante.
Tras obedecerle la luz de unos clásicos apliques de lágrimas se esparció por los rincones del vestíbulo, en la que descansaba apoyada en la pared una cómoda caoba, reminiscencia del siglo pasado y en la que el polvo cubría su sobre. Mil sentimientos comenzaron a recorrer mi cuerpo. Percibí su presencia, dándome la bienvenida. Cerré los párpados un instante y me alegré.
 
– Señor Sarré. Si no le importa…- interrumpió el notario.
 
– ¿Sí? – me giré.
 
– Debo irme -terminó.
 
Sin mas preámbulos extendí mi mano y él correspondió estrechandola con firmeza.
 
– Gracias por todo-me despedí apretando los labios.
 
– No hay de que. Ha sido un placer – asistió garabateando en su mofletudo semblante una amplia sonrisa.
 
Se alejó a pasitos cortos y zozobrando como una barca.
 
Cerré la gruesa puerta y me dispuse a visitar mi legado. Deducía que no iba a encontrar gran cosa, y en el peor de los casos siempre podía deshacerme de todo lo que no me gustara.
 
El suelo de terrazo y las puertas de cedro revelaban que había sido reformada no hacía mucho.
 
La iluminación candente de media docena de halogenas instaladas en el techo del salón comedor se desparramó, haciendo visibles los oscuros objetos tapados con sábanas que yacían inertes.
Imaginé como había podido vivir mi padre, o mejor dicho mi supuesto padre. Sonaba extraño semejante término dentro de mi cabeza ya que la relacionaba con alguien que había existido en una vida ajena a la mía.
Su economía parecía que fue desahogada ya que tuvo para él y para pasar una manutención por mí.
El descolorido semblante femenino encuadrado en un marco de plata requirió mi atención. Era el de mi madre. Me acerqué y lo cogí sin marchar los brillos. Realmente su belleza era admirable. Un rostro imposible de odiar. Le mandé un beso desde mi corazón y volví a posar el retrato donde estaba.
Pasé por la cocina y por el garage donde un Peugeot dormitaba junto a una bicicleta de paseo. Era la única parte de la casa en que las fornidafornidos vigas de madera asomaban sus torneados cuerpos del desconchado techo ocre y dejaban q la vista el verdadero candor de la construcción, aunque contrastaba con el fúnebre olor a humedad.
 
Para ascender al piso superior,  una cálida escalera de pino salpicada de manchas, precedía a ls distribución de un estrecho pasillo flanqueado por cuatro puertas que pertenecían a dos habitaciones, un despacho y el baño. 
En el despacho había habilitado una estantería conpletamente llena de libros antiguos y modernos de arte, sobretodo pintura. Quedé impresionado ante aquel despliegue de cultura. No había imaginado que su afición se convirtiera en adicción. Pero un detalle en el pasillo me obligó a volver a salir de aquella estancia y dejar para más tarde el tema cultural entre tanto papel apilado. En el techo, de pulidos tablones macizos, casi pasaba desapercibida una portezuela mimetizada.
 
Me rebosó la curiosidad a la vez que algo en mí me invitaba a descubrir lo que mis ojos no podían ver.
 
Busqué una escalera de mano en las habitaciones de la planta en que estaba. Tras no hallarla volví a bajar al garage. Suponía que sería el mejor lugar de la casa donde guardarla. No me equivoqué.
En unos instantes me encaramé a los peldaños y empujé la ligera tabla a modo de trampilla para después deslizarla a un lado.
 
La oscuridad lo envolvía todo asi que decidí ir en busca de algo que pudiera iluminar lo que se escondía allí dentro.
Bajé por segunda vez a la cocina y hallé un mechero y un candil con vela. Suficiente, aunque un poco tétrico. Ascendí de dos en dos los crujientes escalones motivado por una corazonada. Encendí la vela bajo la noche de la abertura y me guardé el mechero en el bolsillo de la gabardina. Apoyé los pies con cuidado de no caer desde lo alto de la escalerilla y la amarillenta y temblorosa luz se fue introduciendo en las tinieblas de aquel secreto rincón.
 
Noté que el frío se intrensificaba.
 
 

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