Publicado 30/05/2026
El autor era un adulto cuando se publica este artículo.
Desde esta rama que aún se sostiene —la última rama del último árbol que queda en pie, y yo sobre ella como una fruta podrida que olvidó caer— miro hacia el horizonte y ya no distingo la selva que conocí. Sólo polvo. Sólo tocones que parecen dientes rotos en la encía de una tierra muerta. Sólo huesos. Huesos de todos nosotros.
Cierro los ojos. No para dormir. Para recordar.
Yo fui feliz. Eso es lo más terrible: yo fui feliz. Habitaba un árbol gigante en el corazón de la selva, un árbol cuyas raíces bebían del mismo centro del mundo, cuyas ramas eran tantas que mis hijos podían volar días enteros sin tocar otra corteza. Allí crié a mi familia junto a mi señora Tucán, una hembra de plamas grises y pico naranja que tejía los nidos como si bordara la luz.
En aquel tiempo —cuando el Quetzal era Guardián— las semillas no escaseaban. Yo salía al amanecer y regresaba con el pico tan lleno que apenas podía cerrarlo. Mis hijos, todavía con el plumón de la infancia pegándose a sus alas, brincaban en el borde del nido esperándome, abriendo sus picos pequeños como flores que piden sol. Y mi señora me decía: «Quédate un rato más». Y yo me quedaba. Y el sol se filtraba entre las hojas como la miel se filtra entre los dedos.
Los carnívoros, en esos años, habían aprendido a vivir en su orilla. No digo que nos quisieran —no, el cazador nunca quiere a la presa—, pero al menos nos temían. El Quetzal había puesto reglas. Reglas claras como el agua de las cascadas. «El que devore a un herbívoro pagará con sus dientes», dijo un día desde la rama más alta, y su voz bajó como una lluvia que calma la sed.
Y los carnívoros se callaron. Al menos por un tiempo. Pero el silencio del cazador no es paz. Es acecho.
El viejo Chacal nunca aceptó la derrota.
Oh, en público era todo sonrisas. Se paseaba por los claros con una ramita de hierba entre los dientes —dientes que aún conservaban restos de plumas de paujil— y decía con voz de abuelo generoso: «Yo no me comería ni una hormiga. Estos rumores son patrañas del Quetzal para dividirnos». Y los topos, pobres ciegos que habitan el subsuelo de la inocencia, asomaban sus narices y decían: «Qué bien habla el Chacal. Qué tranquilo da todo».
Pero los que tenían ojos sabíamos. Los que teníamos memoria recordábamos las noches en que el Chacal y los suyos bajaban de su cueva como una marea negra, y al amanecer los nidos amanecían vacíos y las madres paujiles lloraban sin plumas que arrancarse. El Chacal, todavía con las plumas asomando entre los dientes, juraba por la Divina Majestad selvática que él no había sido. Que habían sido los jaguares del sur. Que habían sido las serpientes del norte. Que habían sido el viento, la lluvia, el destino.
Pero la selva sabía. La selva siempre sabe. La sangre tiñe las raíces y la tierra no olvida.
Sin embargo, el Chacal tenía algo más poderoso que las garras: tenía paciencia. Y tenía aprendices.
La Buitre era su mano derecha, su capitana, su discípula más glotona. Una ave de buche insaciable y ojos de vidrio muerto. Aprendió del Chacal el arte de la máscara: comer hojas mientras la miran, hacerse la pequeña, la inofensiva, la que «sólo quiere unión». Pero cuando nadie la veía, su sombra era un agujero negro que tragaba todo lo que encontraba.
La Hiena tigrillo era otra. Un animal extraño, de risa rota y cráneo cubierto de musgo —musgo que robó una noche del Sauce más viejo de la selva, el árbol sagrado que había visto nacer el tiempo, y todos lo supimos pero nadie dijo nada—. La Hiena pregonaba a los cuatro vientos: «¡He cambiado! ¡La Divina Majestad me ha mostrado el camino! Ahora soy herbívoro, como ustedes». Y los roedores de las partes bajas —los que siempre han tenido menos, los que el Quetzal no alcanzó a tocar del todo— lo miraban con ojos de esperanza hambrienta.
«Miren», decían. «Miren a la Hiena. Si él pudo cambiar, todos podemos».
No sabían que la Hiena se encontraba con el Chacal en las noches, en el fondo de una caverna que ni la luz se atrevía a visitar. No sabían que allí planeaban el regreso del viejo orden: la Buitre como candidata visible, la Hiena como señuelo para los descontentos, y debajo de todo, debajo de todo, el mismo Chacal moviendo los hilos como una araña que teje su red con los huesos de los incautos.
Pero faltaba algo. Faltaba el miedo.
Ahí volaron las urracas y los cuervos. Ellos eran los mensajeros, los que llevaban las noticias de árbol en árbol como el viento lleva las semillas. Antes, con el Quetzal, habían sido neutrales —o eso creíamos—, pero algo les cambió el corazón. Quizá el Chacal les ofreció un pedazo de la selva cuando retomara el poder. Quizá simplemente prefirieron el bando que les garantizaba carne fresca. Porque las urracas y los cuervos, no lo olvidemos, también pueden devorar. Y si es carne de herbívoro, mejor.
Así que empezaron a volar. Y a cantar.
«El Quetzal arruinará la selva», decía una urraca desde su rama, con el ala extendida como si mostrara una verdad. «En el bosque vecino ya no quedan semillas. Aquí pasará lo mismo».
«El Búho quiere quitarles los nidos», agregaba un cuervo, bajando la voz como si compartiera un secreto terrible. «Lo escuché decir que los árboles grandes son para pocos».
«Los carnívoros no son el problema», insistían. «El problema es el Quetzal. El problema es el cambio. Antes, con el Chacal, cada quien sabía su lugar».
Yo los escuchaba mientras volvía a mi árbol con el pico lleno de semillas. Y al principio no les creía. ¿Cómo iba a creerles, si mis hijos estaban gordos y mi señora dormía tranquila?
Pero las urracas y los cuervos no se cansaban. Eran como el agua que cae en la misma piedra: gota, gota, gota, hasta que la piedra se parte. Repetían. Repetían. Repetían. Una mentira dicha mil veces, decía mi abuelo, termina pesando más que una verdad dicha una sola.
Y lo que repetían no era cualquier cosa. Repetían miedo.
El mismo miedo que los carnívoros conocen bien. El que usan para cazar. El que paraliza a la presa, la deja inmóvil, aterrada, sumisa. Primero el miedo agarra las patas. Luego el pecho. Luego la garganta. Y cuando ya no puedes huir ni gritar, el cazador llega y te devora.
Las urracas y los cuervos se convirtieron en sus perros de caza. Volaban de rama en rama soltando mentiras, inventando peligros, exagerando problemas. «Los herbívoros del sur ya no tienen agua», decían. «Las hormigas se están comiendo las raíces». «El Búho quiere prohibir los nidos».
Y poco a poco, como una enredadera que sube sin que la veas y una mañana descubres que tapó el sol, el miedo fue creciendo.
Yo mismo lo sentí. Cada vez que veía una urraca, mi pecho se apretaba como si una serpiente me rodeara las costillas. «¿Y si tienen razón?», pensaba. «¿Y si el Quetzal nos está ocultando algo?». Las semillas seguían ahí, abundantes, pero yo ya no las veía. Veía lo que las urracas me decían que viera: un futuro sin frutos, una selva en ruinas, mis hijos hambrientos, mi señora llorando.
Mi señora Tucán me decía: «No les hagas caso, amor. Mira tus hijos. Mira tu nido. ¿Acaso falta algo?». Y tenía razón. Pero el miedo no escucha razones. El miedo es un pozo sin fondo: por más que le arrojes verdades, nunca se llena. Sólo se hace más hondo.
Y yo, como tantos otros, me dejé caer en él.
Llegó el día de la elección. Toda la selva se reunió en el claro de la Ceiba Abuela. Había jaguares y dantas, osos hormigueros y perezosos, ranas venenosas de colores que parecían joyas y colibríes que temblaban en el aire como gotas de sol. Todos. Hasta los topos asomaron la cabeza, aunque fuera por un instante, con sus ojitos ciegos mirando hacia ninguna parte.
El Quetzal se posó en la rama principal. Ya viejo, cansado, con las plumas que algún tiempo fueron un arcoíris ahora apagadas como el recuerdo de un incendio. Dijo: «He hecho lo que pude. Les devuelvo la selva más entera de lo que la recibí. Ahora elijan con cuidado».
Y presentó a los tres aspirantes.
La Buitre habló primero. Se había atado una hoja de lechuga al cuello, como si fuera una joya, y su voz era miel podrida: «Yo sólo quiero paz. Unión. Que todos los animales, sean lo que sean, podamos convivir sin rencores». Mientras hablaba, se le escapó un eructo que olía a muerte, pero el viento sopló en contra y pocos lo sintieron. Los que lo sintieron se miraron entre sí y callaron. Porque ya el miedo les había atado la lengua.
La Hiena tigrillo habló después. Se tocó el musgo de la cabeza —ya un poco mustio, gris, como un cadáver disfrazado de jardín— y arengó a las ratas y los roedores con voz de predicador: «¡Yo fui uno de ustedes! ¡Yo conozco el hambre! ¡Por eso me transformé! ¡Por eso sé que todos podemos cambiar!». Y las ratas aplaudieron con sus patitas pequeñas, porque necesitaban creer que el cambio era posible. No entendían que el musgo era un disfraz, y debajo del disfraz seguía habiendo dientes.
Y por último habló el Búho.
No gritó. No prometió milagros. No se puso hojas en el cuello ni musgo en la cabeza. Simplemente se posó en una rama baja, cerca de todos, y con esa voz grave que había aprendido en las batallas junto al Quetzal —una voz que sonaba como el rumor de un río profundo— dijo:
«Yo vi morir a mi padre. Un carnívoro lo devoró mientras él defendía un nido ajeno. No lo cuento para que me tengan lástima. Lo cuento porque sé lo que duele perder a alguien. Porque sé que el dolor del herbívoro es siempre anónimo: nadie escribe canciones para el que fue comido en la noche. Pero yo quiero ser la memoria de todos los que ya no tienen voz. Los carnívoros no van a desaparecer. Eso no se los prometo. Pero podemos construir reglas que nos protejan. No un paraíso —el paraíso no existe en esta selva—, sino un lugar donde los herbívoros puedan dormir sin soñar con dientes. Eso es lo que ofrezco. Un sueño tranquilo. Nada más. Nada menos».
Calló. Y el silencio fue tan grande que se oyó caer una semilla.
Entonces las urracas y los cuervos empezaron a volar.
«¿Tranquilos?», graznó una urraca, con los ojos brillantes de malicia. «¿Tranquilos, dice el Búho? ¡Ja! ¡Mientras él duerme, los carnívoros se comerán a sus hijos!».
«La Buitre promete paz sin lucha», cantó un cuervo, haciendo piruetas en el aire. «¿Por qué elegir la guerra cuando puedes elegir el silencio?».
«La Hiena es uno de nosotros», graznó otro. «La Hiena entiende el hambre. El Búho sólo entiende el dolor».
«¿Y si los carnívoros no aceptan las reglas? ¿Y si se enfurecen? ¿Y si devoran todo?».
El miedo que habían sembrado durante lunas y lunas floreció ese día como una flor venenosa que abre sus pétalos al atardecer. Vi a mi vecino el Perezoso, que nunca en su vida había votado por nada, asentir con su cabeza pesada. Vi a las familias de capibaras mirarse unas a otras con ojos de animal acorralado. Vi a los topos asomar sus narices temblorosas y decir: «La Buitre suena razonable. Al menos no cambiará nada».
Y yo… yo sentí el miedo en el pecho como una garra que me apretaba el corazón. Recordé las palabras de las urracas, los cuentos de los cuervos, las profecías de desastre. Recordé que ellos volaban más alto, que ellos veían más lejos, que ellos debían saber algo que yo no sabía.
Y aunque en lo más profundo de mi ser —en ese rincón diminuto donde aún vivía la memoria de los días felices, de las semillas abundantes, de los hijos gordos y la señora tranquila— algo me decía: «El Búho es justo. El Búho sangró por nosotros»… el miedo fue más fuerte.
Sí. Lo admito ahora que ya no queda nadie para escucharme.
Voté por la Buitre.
Votamos por la Buitre. Las consecuencias no tardaron ni un día.
A la mañana siguiente, cuando el sol apenas asomaba como un ojo enrojecido por el insomnio, la Buitre convocó a todos los carnívoros en la plaza central —antes reservada para las ceremonias de los herbívoros, ahora un osario al aire libre— y dijo, sin la hoja de lechuga en el cuello, con el buche inflado de impaciencia:
«Se acabó el tiempo de las prohibiciones. Esta selva es de quien pueda devorarla».
El viejo Chacal salió de su cueva. Sonrió. Mostró los dientes. Ya no necesitaba esconder las plumas de paujil. Las plumas de paujil eran ahora su corona.
La Hiena tigrillo se arrancó el musgo podrido de la cabeza con un gesto teatral y se rió. Su risa era una herida que se abre. «Qué tontos fueron», dijo. «Creer que un carnívoro deja de ser carnívoro porque se pone un sombrero de mentiras».
Y entonces comenzó la noche.
Porque eso fue lo que llegó: una noche que no terminaba. Una noche sin luna, sin estrellas, sin fuegos del bosque que la aliviaran. Una noche de dientes y de hambre.
La Buitre —que ahora se hacía llamar Guardián Vitalicio, como si la muerte no pudiera con ella, como si la muerte no estuviera siempre al acecho en cada rincón de la selva— decretó que los herbívoros debían entregar la mitad de nuestras semillas a los carnívoros «para mantener la paz». Luego fue las tres cuartas partes. Luego todo. Nosotros, que antes recolectábamos para que nuestros hijos crecieran, ahora recolectábamos para que los carnívoros se atiborraran. Y ellos se atiborraban. Y nosotros mirábamos.
Los que se quejaban desaparecían. A unos se los llevaba el Chacal en la noche, y al amanecer sólo quedaba un rastro de sangre que se perdía entre las raíces. A otros los encontraban deshuesados junto al río, los ojos abiertos como si todavía estuvieran viendo lo que los devoró. Las urracas y los cuervos, ahora con el buche lleno de carne robada, volaban de árbol en árbol diciendo: «Se lo merecían. Eran insurgentes. Querían destruir la selva».
El agua se volvió un lujo. Los carnívoros bebían primero —no por sed, sino por poder—, y después bañaban sus patas ensangrentadas en las charcas, dejándolas turbias, rojas, intomables. Nosotros bebíamos de las gotas que caían de las hojas al amanecer, y aún así decíamos gracias, porque ya el miedo nos había enseñado a ser agradecidos con las migajas.
El sol ya no calentaba nuestras plumas. Los mejores claros, donde la luz se posaba como una madre sobre sus crías, fueron cercados con espinas y huesos. «Zona exclusiva para carnívoros», decía un cartel colgado de una liana. Nosotros nos hacinamos en la sombra, en los bordes pantanosos, igual que antes de que llegara el Quetzal. Pero peor. Mucho peor. Porque antes, con el Quetzal, al menos teníamos esperanza. Ahora no teníamos nada. Sólo el miedo. Y el hambre.
Y lo peor no era el hambre. Lo peor era que el hambre empezaba a convertirnos en aquello que más temíamos.
Mi hijo menor. Mi pequeño. El que acababa de salir del nido, el que apenas estaba aprendiendo a volar, el que todavía se tropezaba con sus propias alas y yo reía y le decía «Paciencia, vuelo tras vuelo aprenderás».
Él no recordaba los días del Quetzal como yo. Para él, el Quetzal era apenas un nombre, un rumor de tiempos antiguos, una foto borrosa en la memoria de los viejos. Él había nacido en la transición, en ese filo entre la esperanza y el miedo. Y las urracas y los cuervos, que nunca descansaban, le susurraron al oído desde que rompió el cascarón.
«Los carnívoros recuperaron la selva», decían. «Ahora sí hay orden».
«Los herbívoros viven engañados», decían. «El Quetzal les mintió. Les prometió un paraíso que nunca llegó».
«Tú también puedes cambiar», decían. «Tú también puedes ser fuerte».
Y mi hijo, que era joven, que quería ser fuerte, que quería dejar de tener miedo, comenzó a creer.
Una tarde lo vi hablando con la Hiena tigrillo. La Hiena ya no usaba musgo —para qué, si ya había ganado—, pero seguía predicando. «La igualdad es posible», decía. «Todos tenemos derecho a comer. Los herbívoros son débiles porque quieren. Tú no eres débil, ¿verdad, pequeño?».
Mi hijo lo miró con esos ojos grandes que aún conservaban la luz del nido. Y dijo: «No. No soy débil».
Intenté hablar con él. Una noche, mientras la luna se escondía detrás de los árboles muertos, lo llevé a la rama más alta de nuestro árbol —lo que quedaba de él, porque los carnívoros habían mordido las raíces y ahora se inclinaba como un anciano que va a caer— y le dije:
«Hijo, yo recuerdo cuando la selva era otra. Cuando podías volar sin miedo. Cuando las semillas no se contaban, se compartían. Eso no lo dieron los carnívoros. Eso lo dimos nosotros, juntos, cuando elegimos la esperanza sobre el miedo».
Mi hijo me miró. Y en sus ojos no vi al polluelo que una vez brincaba esperando que le diera de comer. Vi algo más duro. Algo más frío.
«Eso fue antes», dijo. «Ahora es diferente. Los fuertes comen y los débiles… los débiles tienen que adaptarse».
«¿Adaptarse?», pregunté. «¿Comerte a los demás es adaptarse?».
No respondió. Se fue volando hacia la oscuridad.
A la mañana siguiente su nido estaba vacío.
Lo busqué por toda la selva. Día tras día. Vuelo tras vuelo. Mis alas, que alguna vez fueron jóvenes y fuertes, ahora temblaban como hojas de otoño. Atravesé los claros prohibidos, me escondí de las patrullas carnívoras, pregunté a cada animal que encontraba —los pocos que quedaban— si habían visto a mi hijo.
Nadie sabía nada. O nadie quería decir.
Hasta que una noche, una vieja zarigüeya que ya casi no podía moverse me señaló con su cola temblorosa hacia la cueva del Chacal.
«Allí está», dijo. «Pero no querrás verlo».
Fui. Volé en la oscuridad, sin miedo a los carnívoros porque el miedo más grande ya lo llevaba dentro: el miedo a lo que iba a encontrar.
Y lo encontré.
Mi hijo estaba dentro de la cueva. No como prisionero. No como comida. Como uno de ellos. Había manchas de sangre en su pico —el mismo pico que yo había llenado de semillas cuando era pequeño— y en sus ojos había una luz que no reconocí. Una luz feroz. Hambrienta.
«Papá», me dijo, y su voz ya no era la de mi hijo. «Ya no tengo miedo. Ahora soy como ellos. Ahora nadie me come a mí».
Quise hablar. Quise decirle que eso no era fuerza, que eso era rendirse, que convertirse en el monstruo para que el monstruo no te devore no es ganar, es perder dos veces. Pero las palabras se me atoraron en la garganta como espinas.
Porque mientras lo miraba, vi algo más. Vi a sus hermanos —mis otros hijos, los que todavía vivían conmigo— en una esquina de la cueva, atados con lianas, esperando su turno. Mi hijo los había capturado. Los había entregado a los carnívoros como prueba de lealtad.
«Son débiles», dijo, viendo mi horror. «No sirven. Nosotros somos el futuro».
Grité. No sé qué grité. Algo que ya no eran palabras, algo que era puro dolor. Intenté volar hacia mis otros hijos, liberarlos, llevármelos, pero los carnívoros me rodearon. El Chacal apareció en la penumbra, sonriendo con sus dientes de siempre.
«Déjenlo ir», dijo. «Que se lleve el recuerdo».
Me empujaron hacia afuera. Mis otros hijos se quedaron allí, en la oscuridad, mirándome con los ojos llenos de lágrimas. Y yo no pude hacer nada. No pude. Porque ya no era joven, porque ya no era fuerte, porque yo mismo había votado por la Buitre, porque yo mismo había elegido el miedo sobre la esperanza, y ahora el miedo me devoraba a mí y a los míos.
Volé. Volé hasta que mis alas no dieron más. Y caí en la rama de un árbol que ya no era mío, en una selva que ya no reconocía, bajo un cielo que ya no tenía estrellas.
Mi señora Tucán murió esa noche. No de hambre. No de garras. Murió de tristeza cuando le conté lo que había visto. Su corazón, que había latido por tantos años junto al mío, simplemente se detuvo. Como si el dolor fuera demasiado grande para que la sangre pudiera seguir corriendo.
La enterré bajo la raíz de nuestro árbol. No tuve semillas que ofrecerle. No tuve flores. Sólo mis lágrimas, que cayeron sobre la tierra seca como una lluvia que nadie pidió.
Pasaron los años.O las lunas. O los días. Ya no sé medir el tiempo. El tiempo se mide con lo que cambia, y aquí ya no cambia nada. Todo se ha vuelto polvo y silencio.
El Chacal murió. De viejo. De hartazgo. De haber comido tanta carne que su propio cuerpo terminó pudriéndose por dentro. Dicen que los carnívoros lo devoraron antes de que su corazón diera el último latido —porque entre ellos no hay lealtad, sólo hambre—, pero yo no lo vi. Cuando murió el Chacal, yo ya casi no salía de mi rama.
La Buitre lo sucedió. Luego la Buitre también murió, devorada por sus propios cachorros una noche de luna llena. La luna, que alguna vez fue blanca, ahora era roja de tanto mirar.
La Hiena tigrillo desapareció. Algunos dicen que huyó al sur, buscando otra selva que engañar. Otros dicen que lo encontraron deshuesado en una cueva, con el cráneo pelado y los ojos abiertos. Yo no sé. Ya nada sé.
Los árboles fueron cayendo uno a uno. Sin los herbívoros que dispersaran las semillas, sin los insectos que polinizaran las flores, la selva comenzó a morir desde sus entrañas. Los ríos se secaron, y en sus cauces sólo quedaron barro y huesos. El sol quemó la tierra desnuda, y la tierra se abrió como una boca que pide agua que ya no hay.
Los carnívoros, cuando ya no quedaron herbívoros que devorar, empezaron a devorarse entre ellos. Fue una carnicería larga y silenciosa. Se mataban por una semilla podrida, por una gota de agua sucia, por la sombra de un árbol que ya no existía. Y cuando el último carnívoro cayó —nunca supe quién fue—, la selva quedó en silencio.
Un silencio total. Absoluto. Un silencio como no lo había habido desde antes de que naciera el primer árbol.
Sólo yo quedé.
Sólo yo, el Tucán viejo, posado en la última rama del último árbol de la selva.
¿Por qué?
Esa es la pregunta que no me deja dormir. Que no me ha dejado dormir en todos estos años de polvo y silencio.
¿Por qué cambiamos la esperanza por el miedo?
No fue porque nos faltara información. El Búho había hablado claro. El Quetzal había mostrado con hechos lo que era posible. Mis propios hijos habían crecido gordos y felices bajo su guardia. Las semillas abundaban. El agua corría limpia. El sol calentaba sin pedir permiso.
Lo teníamos todo. Y lo cambiamos por nada.
¿Por qué?
Tal vez porque el miedo es más viejo que la esperanza. El miedo nació con el primer depredador, con el primer diente que se clavó en la primera carne. La esperanza, en cambio, es más joven. La esperanza tuvo que inventarse. La esperanza tuvo que construirse con las piedras de la memoria y el barro de los sueños. Y tal vez por eso es más frágil. Tal vez por eso se rompe con nada.
Tal vez porque el miedo no exige nada. Sólo pide que te quedes quieto, que te encojas, que no molestes. La esperanza, en cambio, pide que te muevas. Que luches. Que creas en algo que no puedes ver. Y eso da trabajo. Da miedo. Da vértigo.
Tal vez porque los carnívoros nos conocen mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos. Saben que la presa se paraliza. Saben que la presa se convence sola de que es mejor no hacer nada. Saben que la presa, cuando tiene miedo, prefiere la mentira cómoda a la verdad incómoda. Y por eso nos dieron mentiras. Y por eso las tragamos.
Tal vez porque nosotros, los herbívoros, llevamos dentro el germen de nuestra propia muerte. No porque seamos débiles —la debilidad es otra cosa—, sino porque hemos olvidado que la selva no se cuida sola. La selva se cuida con alas que vuelan, con patas que caminan, con picos que abren las frutas y esparcen las semillas. La selva se cuida eligiendo, cada día, no ser devorados.
Y un día dejamos de elegir.
Un día dejamos de volar.
Un día nos quedamos quietos, escuchando a las urracas, y dejamos que el miedo hiciera el resto.
Ahora ya no queda nadie a quien contarle esto.
Mis otros hijos —los que mi hijo capturó en la cueva del Chacal— murieron hace mucho. No sé cómo. No sé cuándo. Prefiero no saber.
Mi hijo… él también murió. Lo supe por una vieja cigarra que pasó volando, de las últimas, y me dijo que lo había visto desangrándose al pie de un tronco calcinado. Una hiena más grande lo había mordido por la espalda. «No entiendo», alcanzó a decir antes de morir. «Yo hice todo lo que pidieron. Yo fui leal».
La lealtad, hijo, se la das a quien te cuida. No a quien te devora.
Pero él ya no pudo escucharme.
Y ahora ya no hay nadie.
La rama cruje bajo mi peso. El viento sopla, pero ya no trae olores de fruta madura ni de tierra mojada. Trae polvo. Sólo polvo.
Abajo, los huesos de todos nosotros brillan blancos bajo el sol. Se parecen a las semillas, estos huesos. Sí. Se parecen. Pero de ellos no crece nada.
Cierro los ojos.
Por un instante, antes de que el último sueño me alcance, vuelvo a ver la selva. Los árboles altísimos que se perdían en el cielo. El río cantando su canción de siempre. Mis hijos volando entre las lianas, riendo, persiguiéndose, cayéndose y levantándose. Mi señora Tucán, con sus plumas grises y su pico naranja, llamándome desde el nido.
«Vuelve pronto», me decía.
Y yo volvía. Siempre volvía.
Hoy ya no hay a dónde volver.
Sólo queda esta rama. Este viento. Esta memoria.
Y una pregunta que ya no tiene respuesta.
O tal vez la tiene, y la respuesta es tan simple que duele:
Elegimos el miedo porque era más fácil. Elegimos no pensar. No movernos. No arriesgar.
Y al elegir no arriesgar nada, lo arriesgamos todo.
Todo.
La rama se parte. Caigo.
No hacia abajo —ya no hay abajo—, sino hacia el olvido.
Y mientras caigo, susurro al viento lo que nadie escuchará:
Que alguien, cuando el miedo quiera devorarlo, recuerde que la esperanza también es un músculo. Que se ejercita. Que duele al principio. Que cansa. Pero que sin ella… sin ella no queda nada. Sólo polvo. Sólo huesos. Sólo un Tucán viejo que ya no tiene a quién contarlo.
El viento se lleva mis palabras.
Y luego se lleva todo lo demás.
Hernando José Macías Álvarez.